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Alicia Messing concurrió al taller de Rodolfo Castagna y en el año 1958 ingresó al del maestro Horacio Butler en donde estudió dibujo y pintura durante nueve años; en la misma época asistió a los cursos de Visión de Héctor Cartier. Desde 1972 estudió en la Escuela de Psicología Social de Enrique Pichón Rivière y se recibió de Psicóloga Social en 1977; a partir de esa fecha actuó como Observadora Participante y luego como Coordinadora de Grupo en dicha escuela durante tres años. Participó de manera permanente en los cursos y actividades de la Asociación Ver y Estimar y del Instituto Torcuato Di Tella. “Si no logras atraparme la primera vez no te desalientes. Cuando no me encuentres en un sitio, busca en otro, Me detendré en algún lado, esperando por ti...” Walt Whitman, “Canción a mi mismo”. Nací en Buenos Aires. Soy hija de inmigrantes llegados a la Argentina pre-adolescentes. Mi madre huérfana con tres de sus hermanos y mi padre con su familia. Él estudiaba piano y clarinete, quería ser músico, pero tuvo que aprender un oficio y fue tornero. Mi madre vivía con una hermana ya casada y ayudaba a criar a sus sobrinos. Se casaron muy jóvenes y tuvieron dos hijas. Una soy yo. Me crié sin sobresaltos, creo, en un hogar de clase media; una casa vieja con patio y plantas en Córdoba y Azcuénaga. Concurrí a la escuela primaria cercana a casa. Mi hermana estudiaba piano, yo inglés. Fuera de mis numerosos primas y primos, eran mis amigos los compañeros de la escuela y del barrio; amistad que se prolongó en la adolescencia y, con algunos de ellos, muchos años más. Curioso, yo no lo recuerdo, pero me contaron que les hacía los dibujos a mis compañeros. Sin embargo afirmaba que iba a ser médica. Lo que siempre perduró en mí, fue la música de ópera que en casa se escuchaba todo el día y que mi padre conocía de memoria; él era fanático de ella y concurría asiduamente al Colón, al célebre “gallinero”. Otro dato, el padre de Celia, nuestra más íntima amiga, tenía a la vuelta de casa una sastrería teatral. Fue uno de esos lugares mágicos de mi infancia; pasábamos horas vistiéndonos con los disfraces de reinas o de gatos, de bailarinas o de mariposas, protagonistas de admirables aventuras de nuestra niñez. Años después, sin pensarlo, sin proponérmelo, todas esas imágenes aparecieron en mi pintura. Todas esas vivencias, todos esos personajes que asumí en mi infancia, emergían ahí, en la tela, naturalmente. Junto con la secundaria cursaba Lengua y Literatura en la Cultural Inglesa; allí conocí a un muchacho recién recibido de abogado: Guillermo, mi marido; nos casamos muy jóvenes y muy enamorados. La vida nos sonreía y fue muy generosa con nosotros y con nuestros tres hijos. Por esa época sentí la necesidad de completarme a mí misma, no me colmaba la vida social y sus actividades, algo en mí parecía relegado. Fue entonces que, con mis dos hijos mayores en la escuela primaria y la más chica en el jardín ingresé al taller del maestro Horacio Butler; ya había asistido al de Rodolfo Castagna, pero mi llegada a las enseñanzas de Butler fueron decisivas y duraron nueve intensos años. Con él no sólo aprendí que en el oficio de pintar uno nunca se gradúa, también que en su taller no se cursaban materias para tener éxito o ser famosa, porque el arte no crece en el narcisismo, sino sobre el trabajo y la honestidad. Creo que estas dos profundas verdades, tan en sintonía con mi carácter, han caracterizado mi trabajo de pintora. Tanto es así que elegí ser figurativa cuando en Buenos Aires se empezaba a hablar de la muerte de la pintura y la revolución de las vanguardias era una corriente excluyente y poderosa. Es que sé que no todos miramos el mundo y las cosas de la misma manera, nadie canta igual a otro la misma canción, nunca se interpreta igual a la misma historia. Pienso que el artista debe desarrollar una mirada de lo propio y dejar de ser esclavo de las modas. Si no hay reflexión, es tomar prestado como ver el mundo y tomarlo así es no hacerse cargo de la mirada. Dejé el taller en el ’67 con un caudal de principios que aún ahora, después de más de treinta años considero vigentes como normas de vida y de comportamiento. En el ’68 hice mi primera muestra individual en Van Riel cuando estaba en la calle Florida. Siguieron otras, al principio asiduamente y después más espaciadas. Soy un poco como el viejo ermitaño que vivía en la montaña y bajaba sólo cuando tenía algo importante que decir; y pensaba, mientras no tenga nada significativo que mostrar, mejor me quedo arriba. Vivir en la montaña es una elección meditada donde no hay que esperar privilegios ni reconocimientos, pero donde nadie te puede privar del placer de haber dedicado gran parte de tu vida a una pasión que te hace feliz. Ahí, arriba, en tu montaña, con tu gente y tus seres queridos. Antes dije que la vida fue generosa conmigo, reconozco que gran parte de ese regalo se lo debo a mi familia. Pudimos navegar juntos en buenas épocas y capear también juntos, las malas. Siempre he sentido el aliento y el apoyo que he necesitado en cada etapa que iba conformando mi propio camino, al tiempo que ayudábamos a que nuestros hijos hicieran lo propio. Hemos criado seres responsables, independientes, generosos y honestos que a su vez están haciendo lo mismo con sus propios hijos. Esta, sin falsa modestia, es mi mejor obra. Buenos Aires, julio 1999 |
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